¿Qué es lo denunciable?
*Los siguientes hechos son ficcionales y buscan tipificar dinámicas relacionales de violencia psicológica, emocional y económica.
A través del teléfono me cuenta cuan culpable se siente. Hace meses que la escucho, la observo, sé que no es feliz, pero sigue ahí. Yo también estuve ahí, de hecho recuerdo la primera vez que me lo pregunté: ¿me está sucediendo a mí? después de haber escrito tantos libros sobre esto ¿me está sucediendo a mi? ¿de nuevo?
Noches en vela
Por las noches me enfrentaba a todo lo que había aguantado durante el día. La sensación en la panza de acurrucar la angustia, la niebla mental de no querer decir, ya que me cuestionaba a mi misma si estaba siendo muy conflictiva, la sensación de debilidad corporal en los brazos, las cenas en silencio en las él no enunciaba palabra alguna y teñía todo de desprecio agonizante, de una ansiedad por no entender qué sucedía aunque no hubiera ocurrido ningún conflicto. Sus encierros en la habitación de la computadora por horas, las innumerables veces que rechazaba mi cuerpo, mi espíritu, mi sexo. Las veces que me explicaba que él no daba besos, que no le gustaba la intimidad física que generaban.
-¿No viste todas las señales?
No. Las señales se acumulan y te hacen dudar, pero sobre todo se solapan. Primero te depositan en el subsuelo, luego algo te hace sentir la persona más amada sobre la faz de la tierra. No es constante, busca un mecanismo de control dado por el acercamiento y el alejamiento en donde una de las personas se pone a la espera de la otra. Por eso no hay dinámica tóxica sino que hay una vinculación donde una de las partes genera mecanismos coercitivos emocionales sobre el otro y se alimenta de eso. La erotización del vínculo se construye sobre eso. El sujeto se alimenta de su mirada desesperada, de la vulnerabilidad que va generando, de tener la seguridad que el otro está ahí, esperando ser visto.
La primera alerta fue cuando avisté que los encuentros sexuales ocurrían siempre y cuando yo no estuviera disponible, pero sobre todo cuando yo estaba en estados de angustia profunda y de ansiedad incontrolable frente a sus desprecios, ahí él se excitaba como nunca. Todavía me acuerdo de estar llorando sintiéndome un estropajo porque jamás me había besado el cuerpo en tres meses de relación, ni tampoco la boca, ni había sido acariciada. Ese día me rompí y dije: no puedo con esto. Ese día, el día que mi autoestima llegó al piso de la humillación, él me hizo el amor de forma intensa. Algo que decodifiqué como una dinámica de amor, de entendimiento del otro, de que por fin había sido escuchada. Por supuesto, me había equivocado.
Una fotografía
Recuerdo el día que después de una conversación incómoda sobre porqué jamás me fotografiaba, o me besaba, o teníamos intimidad, la situación quedó tensa bajó el paraguas de es tu inseguridad, yo soy así. Pasaron unos treinta minutos y me llamó a la pantalla de su computadora. En ella aparecía una actriz de contenido sexual a quien él había fotografiado: -che gordi ¿te parece mal si publico esta foto? Nunca había publicado fotos explícitas, habían pasado los meses y esas fotos estaban ahí, pero justo ese día, después de esa conversación sobre nuestra intimidad él decidía mostrarme el portfolio de chicas vip de cuerpos llamativos que había coleccionado por su profesión. Esta escena se repitió varias veces, siempre luego de discutir ¿Che gordi, qué pensás de esta chica? Nuevamente dudé de mi.
- “Debo estar viendo fantasmas donde no los hay”
-Permitite ser amada
-Entendé las diferencias de perspectivas del otro
De esa época tengo varios recuerdos tormentosos pero el día que supe en lo que me había metido fue aquel que, contándoselo a mi psicóloga, ella llevó su mano a su pecho y la sostuvo ahí, atónita. Es esa mano en el pecho como de quién escucha algo en la que el abordaje teórico queda muy chiquito frente a la sensación de pena. Eso era, una sensación de pena inmensa, de ella y mía.
Me quedo, me voy.
Los días que me decía que se iba a ir de casa coincidían con los días que recibía el cobro de alguno de sus trabajos, luego la plata se esfumaba y elegía volver a quedarse y yo pagaba, pagaba por su amor pero sobre todo pagaba por lo que creía que era el amor: sostener al otro.
-¿Cómo fuiste tan tonta de no darte cuenta?
-Una también tiene que hacerse cargo como adulta de sus vulnerabilidades
-Bueno, no siempre se es víctima
Esos diálogos minaban mi cabeza de inseguridades, de reflexiones que me volvían al punto de partida. El día que decidió irse armó todas sus cosas, sus bolsos, sus bolsas de consorcio, todo. Me dijo que me amaba, que él estaba roto, que lo hacía por mi (siempre dicen eso). Me fui a lo de una amiga, no iba a quedarme a presenciar la escena del sueño roto, de la casa vacía, de los objetos que quedan pendientes, del silencio que sabe a desamor. Escribí, llamé, nadie contestó. Al regresar a ese hogar que jamás pudo llamarse nuestro lo vi desarmando sus bolsos, reconstruyendo el placar, subiendo por las escaleras todo lo que, horas atrás, había cargado en la camioneta. Estaba volviendo a casa, en realidad nunca se había ido.
Me miró desde su 1.90, estiró el brazo y con una sonrisa me dijo me quedo mi amor, me quedo a lucharla. La escena era real, la casa vacía, el teléfono sin responder, una despedida cruda, eterna. Pero de pronto ahí estaba, sin aviso, alegre, como dándome un regalo, el de volver el tiempo atrás. Me descompuse, como quien recibe una noticia de impacto, un escenario que se transforma tan rápido que es imposible entenderlo, habitarlo. Me deshabité, como se deshabitan las personas a las que se les van mudando los principios, las verdades, los deseos. Ahora la casa vacía era yo.
El tiempo pasó y aún hoy me resulta imposible no sentir que fue mi culpa, una culpa que aparece como una oleada de impotencia y de recuerdos que cobran sentido solo a través del tiempo. Entiendo las frases copiosas que nos invitan a decir con facilidad “culpa no, responsabilidad sí”, bien, fantástico, son divinas para ordenar algo que es una sensación emocional de devastación. Pero la sensación es esa, la de no alcanza con saber, no alcanza con tener las herramientas, a mi también me pasó, y lo que es peor, me pasó varias veces.
Lo que subyace de los mecanismos de la violencia. ¿Soy yo la que está mal? ¿Por qué les sucede a tantas?
Las categorías históricas en las que se ha analizado la violencia de un varón a una mujer se han circunscripto a conflictos del orden privado, en donde lo que se problematiza es la estructura psíquica del sujeto a través de categorías como narcisismo, perversión, psicopatía. Éstas se mencionan con mucha rapidez y liviandad por personas que no son profesionales en la temática y que tampoco son propicias para entender un fenómeno que es global. Son categorías que pretenden explicar las dinámicas de violencia y dominación como si la estructura psíquica de un sujeto fuese constitutiva de la problemática.
El campo de la psicología y del derecho- a través de la tipificación de las conductas del tipo penal- tienen una mirada individual que limita la mirada colectiva que se busca en la denuncia pública. Por eso es urgente que encontremos algunos acuerdos sociales sobre cómo funcionan dentro de una estructura que es repetitiva y social : el carácter de los vínculos sexoafectivos entre las personas.
Tenemos que poder desenredar que cuando vos tenés una sociedad que educa en la confianza, la legitimidad y la autoestima total al sujeto masculino, validando durante todo el desarrollo de su vida sus capacidades, incluso a pesar de errores profundos y actitudes cuestionables a nivel moral, tendrás en consecuencia un sujeto que buscará dinámicas que fortalezcan ese lugar. El sujeto masculino busca en las dinámicas sexoafectivas algo aprendido, algo que le es familiar: las mujeres deben estar disponibles, ser pedagogas emocionales y estructurantes de lo vincular, demostrar fidelidad y servicio.
La dinámica del victimario es aprendida, socialmente aceptaba e imposible -a priori-de ser auto-observada como la del sujeto que hace daño, no entiende que su proceso de reclamo, violencia psicológica y verbal, dinámicas de refuerzo y recompensa, responden a la necesidad de establecer control para que nada se salga de los márgenes de cómo debe ser el comportamiento de lo femenino y masculino al interior de esa relación. La persona no necesariamente se sabe victimaria, pero esto no la exime por supuesto. En ese daño que ejerce busca paradójicamente, la reducción de daños sobre sí mismo, que su identidad masculina se fortalezca, que el respeto sea asimétrico como la relación de un fiel servidor a su amo. Por eso monitorea en algunos casos con constancia a su víctima, o por el contrario, por eso construye una relación de distancia con ella. En la distancia observa, observa y controla, decide, golpea su autoestima, controla a través de lo sexual y/o lo económico.
¿Cómo hablamos de lo que no sabemos aún nombrar?
Tal vez el problema que tengamos en la actualidad con palabras que nos incomodan: víctima, victimario, escrache, denuncia, narcisismo, condena, entre otras, sea que nos invitan a pensar con esquemas del pasado dinámicas que hace muy poco tiempo se pusieron en revisión. Tal vez la problemática sea justamente esa, sumado a que además resiste muy perenne el esquema del mundo en el que vemos a las mujeres: la mentirosa, la vanidosa, la que denuncia para llamar la atención, la mala víctima, la jodida, la exagerada. Estoy segura que es parte de la problemática no tener nuevas palabras, conceptos y formas para construir narraciones y sentidos sobre lo que ya no queremos que tenga lugar.
Tenemos que entender que cuando hablamos de conflictos relacionales, hablamos de formas de poder entre las personas que se vinculan sexo afectivamente. Dinámicas que están en movimiento entre lo tradicionalmente aprendido -porque hoy hay nuevas resistencias- y subjetividades transformadas que invitan a ver lo que antes no decodificábamos como violencia.
Hoy sabemos que son dinámicas de poder sobre la vida de las mujeres porque podemos relatar sus consecuencias, antes no podíamos ni nombrarlas, pero sobre todo porque hoy tenemos el ego fortalecido para salir de ahí y los recursos que se necesitan para hacerlo: conocimiento, dinero y apoyo emocional de parte de gente que nos ama.
No obstante estas formas de relacionamiento donde una mujer sostiene, aguanta, cede y un hombre levanta o baja el pulgar, son formas en las que vamos perdiendo la salud mental, emocional, económica y afectiva. Que seamos tantas, tantas, tantas, que hablamos de que esto nos pasó y nos pasa, y que se siga creyendo que es el problema de las mujeres, en vez de un conflicto que debe invitar a los hombres a preguntarse qué los erotiza y cómo se vinculan, es necesariamente el reflejo de que aún hay un discurso dominante, una narrativa que se entiende desde la mirada masculina. Peor aún, que haya un jurado popular que nos diga si debemos hablar de esto o callarlo, también forma parte de lo que silencia a tantas.
A las mujeres se nos educa en la construcción de dinámicas de amor sacrificiales, de contención y pedagogía, de entendimiento y renuncia desde que somos niñas. Las estructuras educativas hacia lo femenino se basan en la retracción mientras que lo masculino se basa en la expansión. Al hombre se lo educa para que sea inocente incluso aunque demuestre lo contrario, la mujer es culpable y deberá toda su vida demostrar que es buena, que no guarda en sí misma la semilla del desorden. Por esta razón se busca moralizar a las mujeres en la restricción de sus cuerpos, sus deseos, sus palabras, su desarrollo público y también el de su billetera. Y por esta misma razón la mujer que decide ocupar espacio público poniéndole voz a una práctica que no quiere naturalizar y condenándola es mal vista ¿Qué busca que se expanda con esto? ¿su billetera, su reputación, su fama? ¿Qué busca? -se pregunta la gente, cómo si el hecho de decir, de enunciar, no fueran en sí mismos necesarios -aunque no para todas- para la reparación y la necesidad de reestablecer un equilibrio en un vínculo de dominio.
¿Todo es denunciable?
La etimología de la palabra denuncia nos advierte que su prefijo de significa “desde arriba”, “completamente” o “con fuerza”. Funciona como un reforzador de la acción. Luego el verbo nuntiare significará “anunciar”, “dar noticia” o “traer un mensaje”, proviene a su vez de nuntius (mensajero). La denuncia es dar un mensaje y sobre todo, reestableciendo un lugar en donde el mensaje se da desde arriba. Algo absolutamente necesario si tenemos en cuenta que el sujeto viene de estar desde abajo, en esa relación asimétrica. Para Paulo Freire toda relación de dominación es, sobre todo, una relación de pedagogía, y esto es clave para entender el porqué una mujer, o las mujeres durante los últimos años han sabido socializar sus experiencias en medios públicos. Y es que una cosa es estar en contra de la cultura de la cancelación, y otra muy distinta es estar en contra de que una mujer pueda expresar lo que vivió. Al hacerlo público logra decir esto no es normal, esto no está bien. Las mujeres no hacen públicas dinámicas tóxicas pero simétricas -aunque eventualmente pueda suceder, esto responde a la mediatización de los conflictos y responde a otro fenómeno- las mujeres lo que hacen público son momentos de sometimiento de muchísimo daño, exposición a través del tiempo y humillación completa sobre su vida. Por eso, cuando una mujer denuncia está ejercitando una contra-pedagogía -en términos de Rita Segato- para reconstruir una nueva narrativa que brinde herramientas y que rompa con la idea de que esas relaciones responden a una dinámica normal.
Pero entonces surge otra pregunta ¿Toda denuncia solo puede ser pública si está circunscripta al aparato jurídico? ¿Y los daños? ¿Y la presunta inocencia?
Si denunciar es dar un mensaje desde arriba, no define por lo tanto, la necesidad de iniciar un proceso penal. El aparato jurídico es una forma posible de denuncia, no la única forma.
-¿Por qué? ¿Eso no significaría que quedamos por fuera de un estado de derecho?
Sostener un testimonio, que muchas veces no va acompañado de nombres propios a nivel público, busca salir de las lógicas construidas sobre un sistema judicial que tiene su propia gramática y que suele revictimizar a la denunciante. La víctima necesita poder decir que lo que le sucedió es estructural, no individual, romper la esfera de un papeleo que está creado para que las mujeres estén aisladas en ese mismo proceso judicial. Reducir las posibilidades de la denuncia a un expediente judicial es, paradójicamente, otra forma de silenciamiento, porque el sistema jurídico tiene barreras de prueba, tiempos, revictimización, que hacen que la mayoría de los daños simbólicos -justamente los invisibles- no tengan traducción posible en ese lenguaje.
Ahora bien, el daño jurídicamente denunciable requiere tipificación es decir, necesita encajar en una figura penal. Pero el daño simbólico (la humillación, el desprecio sostenido, la erosión de autoestima, la asimetría naturalizada) no tiene necesariamente un tipo penal. Es justamente el daño invisible del que habla Bourdieu. Por ende vale preguntarse si el daño simbólico no es punible ¿deja de ser daño, deja de ser denunciable?
Taxativamente no. Cuando una mujer denuncia un daño de éste tipo aunque no sea tipificable, lo que está haciendo es una disputa por el capital simbólico en el campo público, no busca condena, busca reclasificación, es decir reconceptualizar las narrativas. Que algo que estaba clasificado como “normal” pase a clasificarse como “daño” aunque no sea necesariamente “delito”. El hecho de que sea un fenómeno relativamente actual habla de la posibilidad que hoy hay de hacerlo por los medios virtuales, pero sobre todo por los medios simbólicos, es decir por la fuerza que las mujeres organizadas han realizado para someter resistencia a un entendimiento del mundo del que ya no queremos formar parte. Nuevamente como dice Bourdieu, si no hay obediencia hay resistencia.
Permítanme seguir con la voz del abogado del diablo para responder a todas aquellas cosas que nos preguntamos en nuestro fuero íntimo.
-Pero entonces cualquiera puede salir a decir cualquier cosa, hacer daño reputacional sencillamente porque una persona percibió que fue dañada.
No, porque lo que se busca evidenciar fue que hubo daño estructural y no conflicto relacional. En primer lugar, seamos sensatos, ningún hombre es destrozado públicamente después de una denuncia incluso aunque esta sea sobre un delito penal y no sobre un daño vincular. Este fantasma no se sostiene con algunos ejemplos que podemos observar en la vida pública, por ejemplo con la cantidad de jugadores de futbol que en pleno mundial qué, aún con condenas firmes por violación, por ejemplo, están ejerciendo su rol público con un apoyo popular desorbitante. Entonces en principio tenemos que decir que la relación estructurante en la que se circunscribe el momento en que las mujeres denuncian, es justamente, la de saber que su denuncia va a ser puesta a priori bajo el escarnio público y no al revés. Repito, este es un sistema que descree de las mujeres, incluso aunque tengamos sobradas evidencias arcaicas de los comportamientos violentos sobre nuestras vidas.
La denuncia pública que no constituye delito, es decir que no es tipificable penalmente, se da porque el sujeto denunciado utiliza su capital simbólico, cultural y político y los beneficios de estar ubicado en espacios de poder, como instrumentalización para hacer daño y haber realizado daño durante un tiempo sostenido; para seguir reproduciendo daño sobre otras victimas y más aún, para que todo esto sostenga y siga reproduciendo su lugar de poder público. De hecho por eso se realiza una denuncia pública, y estos casos suelen volverse masivos porque las personas involucradas son públicas.
¿Y si las personas denunciadas no son públicas?
Hace un tiempo se creó el “tender de los deudores de alimentos”, una soga colgada en manifestaciones por los derechos de las mujeres, con las caras de todos los deudores económicos. En este caso la deuda económica, podríamos decir, constituye un tipo de denuncia tipificable ¿Por qué se hace público un deudor alimentario si no hay denuncia formal? o ¿Por qué hay denuncia pública si existe la vía judicial? Vuelvo a retomar el principio: la vía judicial es una vía con lógicas de encierro diseñadas por un Estado que busca desmotivar a las mujeres en esas -y en todas- las denuncias. Por esa razón se hace público, porque busca que la presión con la que cargamos históricamente sobre nuestras vidas, con nuestro cansancio, con nuestros bolsillos, al menos invierta la carga y tenga la mirada social sobre el sujeto que ejerce esa violencia. Es de algún modo, la forma que tenemos de no sentirnos tan invisibles.
Me llama la atención como el Estado, la justicia, los medios y las personas, todas tratan de cuidar el daño público que pueda tener un hombre, atribuyendo la idea tácita de inocencia, pero nadie parece querer cuidar con la misma desesperación el daño privado que millones de mujeres atraviesan sometidas a la violencia económica. De esto no habla nadie, de la ola de cancelaciones sí. Y créanme soy una persona que creo en el Estado de derecho, pero no me pidan que crea en sus formas como si estas no representaran sobradas pruebas de que están diseñadas para que los sujetos de dominación sigan pudiendo ejercer sus beneficios sobre otros sujetos menos favorecidos, en este caso las mujeres.
Las denuncias públicas no son -en ningún caso- justicia por mano propia, y de hecho en la mayoría de los casos, la denuncia pública no logra -por el contrario suele reforzar-la violencia hacia esas mujeres y sus familias ¿Entonces por qué denuncian y viralizan la cara de los deudores, por ejemplo? Para que la vergüenza cambie de lado, para que si no se puede tener justicia, al menos obtengan la reparación social de que al ser un hecho público se están construyendo nuevas narrativas sociales que permitan decirle a otras mujeres no es tu culpa, y a la sociedad toda que los deudores alimentarios son la norma y que este hecho considera violencia económica aunque el Estado no se ocupe de reconocerla en los términos prácticos de la administración de la justicia. Se busca una reparación transformando el campo simbólico, reconstruyendo lo normalizado con un nuevo sentido que no sea el del desprestigio hacia las mujeres.
¿Denuncia pública es sinónimo de cancelación generalizada?
Acá hay una tensión real tanto dentro del propio feminismo como desde la mirada pública. Hay una posición desde la justicia restaurativa que sostiene que la eliminación del sujeto “para siempre” reproduce la misma lógica binaria y punitiva que el sistema penal articula. Cabe preguntarse si el daño simbólico -el invisible pero estructural- necesita su propio circuito de reparación distinto al penal, la cancelación eterna parece no ser justamente un circuito alternativo. De hecho, es condena social sin proceso, sin límite temporal, sin instancia de reparación posible ni siquiera en potencia. Ahora bien, el problema es que las “reincorporaciones” y los procesos de reparación individual casi siempre terminan devolviéndole al agresor su capital simbólico intacto, mientras la víctima queda marcada para siempre en el imaginario colectivo: la “loca”, la “conflictiva”, la que “no supo superarlo”. Entonces cuando se piensa en una cancelación pública no es que se busque la eliminación del sujeto público por puro sadismo, sino que parece ser la única garantía posible dado que el sistema no ofrecerá un lavado de cara desorbitante.
Entonces ¿Cuál debe ser el lugar para el sujeto denunciado?
Ni el feminismo punitivista ni el garantismo liberal logran construir una respuesta sobre esto, es decir sobre si la aniquilación simbólica total es el camino ¿Qué garantías hay de reparación genuinas? ¿Cómo sabemos que no estamos exponiendo a otras mujeres si se reinserta? ¿Quién responde luego por esas mujeres? El regreso silencioso al mismo lugar de capital simbólico y poder (con vínculos de apoyo fortalecido) que tenía antes, repite el patrón problemático, lo protege y lo devuelve a escena concentrando el mismo capital simbólico que utilizó en el pasado para dañar. ¿Será posible entonces una especie de tercer lugar? Sí, el de la pérdida del capital simbólico específico que usó para dañar, pero no el de la pérdida de su existencia. De hecho no se trata de un castigo, sino de la pérdida de la misma estructura social que utilizó para legitimizarse, ahora activando un mecanismo de mesura y administración de los espacios de voz y autoridad, una pérdida explícita del capital simbólico que usó como herramienta de daño, más no la pérdida del derecho a existir. La pregunta que cabe luego, absolutamente incómoda, es si esto tiene lugar en una sociedad que rápidamente exime a los varones del daño y juzga a las mujeres, es decir, ¿por qué confiar en que esa misma estructura va a autoadministrar bien la pérdida de capital simbólico? la exclusión necesaria para que haya reparación.
Y debemos preguntarnos también algo más de fondo: si el coliseo romano virtual no genera, a través del tiempo, un daño que no se condice en proporción con el daño cometido ¿hasta dónde debe administrarse el castigo?
El coliseo romano no fue diseñado para administrar justicia, sino para ofrecer espectáculo: si no hay mucho pan, que haya circo. Foucault llamó suplicio a esa forma de castigo que no buscaba corregir sino exhibir, restituir el poder ante la mirada colectiva a través del cuerpo caído. El linchamiento digital reproduce esa misma estructura, pero sin cuerpo físico: el cuerpo simbólico ocupa su lugar. Ahí no hay reparación posible, porque la audiencia no busca justicia, busca consumir la caída como entretenimiento, con la misma economía emocional del suspenso, el clímax y el olvido. En el coliseo ingresa la denuncia pública, pero también ingresan rápidamente las mujeres que denuncian. Una especie de vencedores vencidos que van rotando frente a lo único que le importa a las personas en la virtualidad, instrumentalizar a los sujetos para consumir el espectáculo de la moralización social. La semana siguiente habrá un nuevo espectáculo, mientras los involucrados yacen en el suelo.
El derecho penal, con todas sus fallas, tiene al menos un principio que lo distingue del linchamiento: la proporcionalidad. La pena debe ser proporcional al delito, y sobre todo, debe tener límite , es decir un tiempo, una fecha, una instancia de extinción. El castigo social no tiene nada de eso. No hay juez que determine cuándo terminó de pagar, no hay expediente que se cierre y por supuesto, no hay pena cumplida. Por eso el castigo social puede durar exactamente lo mismo para quien cometió un daño grave que para quien protagonizó un conflicto vincular menor: ambos quedan igual de expuestos, indefinidamente, en el mismo dispositivo sin salida.
El problema no está en el ejercicio de la denuncia:
Si la denuncia busca reclasificar, reconstruir nuevas narrativas, decir esto no es normal, esto es daño, entonces el fracaso no está en esta acción pública restaurativa, sino en la consecuencia de que no podamos hacerlo porque no hay un límite reconocible. Por eso lo que exponemos en la discusión pública es errado desde un primer momento, el problema no está en sí mismo en el el carácter de la denuncia, en si debe ser ejecutada o no. No olvidemos que esto es la oportunidad primera que tenemos de unirnos como mujeres para que una voz que fue silenciada históricamente y cuyos mecanismos de legalidad y legitimidad también han funcionado para eso, ahora sean expuestos para poder sencillamente decir basta ¿Por qué deberíamos renunciar a eso en pos de un mecanismos de proporcionalidad diseñados para decirnos que nos circunscribamos a procesos jurídicos eternos y tortuosos? Lo que debemos problematizar es entonces, cómo construir un límite reconocible para permitir un principio de proporcionalidad colectivo, de sentido común, ante las denuncias que no signifiquen una tipificación del tipo penal. Y las respuestas serán como siempre incómodas y convivirán en tensión constante porque estamos siendo testigos de la construcción de nuevas dinámicas y narrativas. No hay forma de que el surgir de un nuevo sentido tan profundamente filosófico, en el marco de cómo se circunscriben las relaciones sexoafectiva, ocurra sin habitar tensiones e incomodidades que dañen nuestros cimientos propios sobre aquello en lo que creemos moral. Ahora bien, a la tensión que no debemos volver jamás, es a la que considere que el silencio de las mujeres sea el costo que debemos pagar, aquello que tenemos que ceder, en función de una supuesta justicia, que casualmente, nunca funciona para nosotras.
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siempre tan claro. que bueno esta aplicacion
"Al menos poder nombrar las conductas dañinas que hemos naturalizado, para que dejen de ser invisibles". Te sigo activamente en redes, nunca leí un libro tuyo pero comenzaré a hacerlo. Clarísimo todo lo que decís y totalmente de acuerdo