El poder de i-marginarnos.
Hay algo que me fascina de una historia que comenzó hace cientos de miles de años, voy buscando aquellas pistas que fueron erosionándose con el viento, las mareas y los días. Cuando trato de pensar en el comienzo de nosotros como comunidad hay una imagen mental muy prevalente. Estamos reunidos al calor de la grupalidad, nos sostenemos antes de que exista el fuego abajo de un rayo intenso de sol. Señalamos objetos, movemos el cuerpo, usamos nuestros brazos inquietos para narrar la experiencia vivida en el presente mientras tratamos de generar ciertas predicciones que nos propongan continuar con la vida, con la supervivencia. En todos los casos estamos ahí reunidos para construir una grupalidad a través de darle sentido a lo que vemos. Comenzamos a usar las manos para pintar en paredes de piedra, tratamos de narrar experiencias porque hay una pulsión muy arcaica en la necesidad de compartir y sobre todo, de hacernos entender. Antes de ser palabra, de ser grupo, de ser historias, tuvimos que dar lugar al sonido y al símbolo, y es que la palabra surgió con el lenguaje musical y de la profunda invitación biológica de entregarnos a algo más grande que nosotros mismos.
Los primeros ritmos fueron repetidos grupalmente a través del tiempo, la constancia, quedarnos ahí en grupo, hizo que ese ruido fonético pudiera volver a reproducirse en otra persona que le daba el mismo significado. Una especie de primera rockola humana, una primera lista musical acordada y recordada que construía una cadena que permitió la comunicación, es decir, hacernos entender por el otro.
Para que exista la palabra, tuvo antes que existir cada símbolo que la conforma, para que estos símbolos conformaran una coherencia, antes tuvo que existir el acuerdo de que esos caracteres ordenados de esa forma lograrían la palabra, y para que esos caracteres llegaran ahí, tuvo que existir el sonido, la enunciación, la narración oral que en grupalidad lograron construir un lenguaje en común.
En todos los casos, probablemente lo que nos definió como humanos y sobre todo como comunidad es que somos literatura y sobre todo, somos música. Y con anterioridad a esto, somos la búsqueda constante de que el otro nos entienda y desde ese lugar generar una conexión emocional que nos invite a cuidarnos mutuamente.
Hace algunos años se forjó una historia o una nueva religión, que propone una especie de nueva mística del destino: cerrá los ojos, imaginá tu futuro, si lo deseas lo tenés. ¿Cómo puede una persona imaginar, narrar en su mente una realidad por la que jamás transitó? Además de las imágenes ¿tiene las palabras que construyen la arquitectura de la posibilidad, los cimientos que le permitirán construir el nuevo deseo? ¿tiene en su mente las palabras que narrarán esas historias ficticias y deseadas, que producen las articulaciones y fricciones, que hacen posible nuevos destinos? Y es que no hay forma de construir diferente si no se tiene la literatura que lo haga posible.
Transitar distintos lenguajes literarios es la supervivencia y la posibilidad de corrernos de nosotros mismos, por eso la homogenización del lenguaje actual debe ser observada como un gran problema estructural y político al que nos enfrentamos, y sobre todo que limita la transformación social de aquellos a los que la palabra se les es impartida a cuentagotas. No vaya a ser que se atreva a imaginar, a denunciar, a poder narrar los sacrificios a los que es sometido.
El ejercicio de marginarnos es el de corrernos de aquellos renglones por donde se nos predeterminó a que circule nuestra historia, es la idea de romper con aquella literatura propuesta, primero por las narraciones familiares y luego por las de nuestro nivel socioeconómico, pero todas las veces como estructuras que nos limitan. Poder marginarnos es en definitiva la inmensa posibilidad real de aprender a pensar y a narrar por fuera de sistemas que funcionan como control social, por eso luchar por la búsqueda de nuevos lenguajes es un norte que no debemos perder de vista.
La palabra institucionalizada, a través de un algoritmo, de una red social que nos dice cómo redactar para hacernos ver, para generar atención, no es otra cosa que enmarcar todas las historias en una misma lata, para ser comprendidas de una misma forma. Algo así como un único cerebro social, que no puede correrse de las márgenes de pensar el mundo, y aún peor de contar el mundo de otra manera.
Marshal Mc Luhan decía que el medio es el mensaje, pero qué sucede cuando el medio además transforma la historia provocando que no pueda ser contada de otra manera, recortando sus formas en una disección cruel, buscando que la historia venda en vez de que sea comprendida.
Hoy el algoritmo pretende que vendamos una prenda de ropa, que contemos una noticia escabrosa, que denunciemos algún hecho aberrante, que demos un consejo médico o que mostremos nuestra casa de la misma forma. El mismo plano visual, la misma estructura de guión, un mismo cierre en forma de lo que se conoce en retórica como correctio o paradoja. Las personas siguen perfiles -profesionales- de forma fanática y compulsiva, que están construidos narrativamente con IA. En esa compulsión sucede lo mismo que en un atracón, terminamos vomitando. Nos sentimos cansados, apesadumbrados, en monólogos intensos, soliloquios mentales que no cesan, como si un director externo nos estuviera dictando en una estructura de guión los caminos ya forjados por los que tenemos que vivir nuestras vidas.
No es real que ahora leemos menos, pero sí es real que leemos lo mismo, sin importar de qué esté hablando lo que nos está hablando. Estamos procesando el lenguaje de la misma manera, con la misma fórmula. Incluso el lenguaje audiovisual supo crear la estructura de guión perfecta para el éxito, y algo aún más terrorífico: la estructura para competir por la atención de las personas. Hoy ver un drama, una película cómica, una bélica, o una serie pasatista tienen la misma estructura para que te quedes ahí.
¿Sabés qué sucede cuando el ámbito del lenguaje se acorta? se terminan las historias, las propias y las colectivas, se termina la posibilidad de caernos de los márgenes que nos han narrado como limitación predeterminada, se termina la posibilidad de entendernos y entender al otro. Cuando las palabras se terminan, se termina la comprensión, la forma de pensar que hay otros mundos y otros caminos. La posibilidad de transformación personal y colectiva, porque donde el lenguaje está quieto los mundos posibles se paralizan. Donde los significantes se congelan en el tiempo, también se interrumpe el movimiento. Es ese momento el que da lugar a las emociones más viscerales. Nos transformamos en cortocircuitos electrónicos, sobre calentados ya no al calor de las historias del otro y de la ronda que nos hace mirarnos de frente, de lo que nos provocaría una comprensión profunda del mundo que el otro cuenta y de cómo estamos implicados en el otro. Terminamos saturados, enojados, tristes, o con una dosis de excitación discursiva que se transformará en la búsqueda pulsional de pegarla con un twitt de X -o de twitter- y eso se habrá sentido como nuestro mayor logro. De hecho hay personas que menciona pensar como si estuvieran redactando un twitt, su estructura de pensamiento se transformó en el medio, rompiendo así con todos los lenguajes posibles, por ende, con la posibilidad de transitar formas de encuentro, de empatía.
Creo en los libros, porque creo en el poder de la palabra. Cuando digo que creo en el poder de la palabra, es que creo en la posibilidad de construir significantes alrededor de ella. Porque sé que casa y hogar no son sinónimos, porque sé que Poder y debilidad, mujer y hombre, alimento y comida tienen distintos significantes según donde hayas nacido. Porque sé que las transformaciones más profundas para transformar las grandes injusticias existentes se dieron cuando una parte del mundo, a veces una gran pequeña minoría, lograba construir con las palabras otros sentidos, otras historias y porque sé que la enorme razón por la que parece a veces que el mundo está quieto, mirando como una ficción lo que ocurre en el mundo es porque ante todo nos han cortado la posibilidad de pensar la palabra por fuera de los márgenes.
Este espacio es una invitación a leer, a formarse, a compartir, pero sobre todo a abrirnos a la inmensa posibilidad de que nuestra identidad se construya con los otros, y no en una maquinaria predeterminada que me diga cómo debo contar el mundo.



Gracias a vos comencé a leer. Gracias a vos pude salir de una etapa muy oscura porque encontré en los libros un bálsamo. Y gracias a tu trabajo pude repensar y resignificar el vínculo con mi vieja. Y gracias a vos, retomé la escritura. 🙏🏼
Qué placer leer algo escrito por un ser humano y no por IA. Me alegra que te pases a substack, un motivo más para seguir alejándome de IG. Éxitos en este camino!