El Despojo
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EL DESPOJO
¿Qué es el despojo? me preguntó el día de su cumpleaños número 14 mi hijo.
¿Por qué preguntás?
Me contó que tiene que hacer un corto en su colegio que esté atravesado por esa palabra. Le expliqué que si hay una palabra de difícil definición es esa. Me miró desilusionado ante mi imposibilidad de brindarle un sinónimo. Le dije que el lenguaje no funciona como un diccionario, como una búsqueda donde una palabra pueda ser reemplazada por otra.
-Hijo, la palabra despojo es ante todo un concepto y sobre todo es un espacio en el tiempo. Su definición rompería el significado de un término que en sí mismo es donde se guardan aquellas emociones que al ser nombradas pierden su inmensidad. Se quedó pensando.
Esa mañana había hablado con una amiga que perdió el padre hace un mes. Me explicó que está naturalmente desmotivada para asistir a un festejo de cumpleaños, a un clima social -necesito estar en casa, o en espacios chicos. Esa misma frase escuché hace unos días de otra de mis amigas que está por parir -necesito armar el nido, estar en casa. Un mismo sentido para definir dos experiencias que solemos percibir como antagónicas, el nacimiento y la muerte.
¿Por qué será que siempre al final del día necesitamos volver a casa, o en su defecto construir una casa a la que volver? Cuando pensaba en mi amiga y su duelo, pensaba en esas noticias que un día, tal vez de madrugada, llegan a recordarte que no hay control en el destino. La casa aparece entonces como ese lugar donde la sensación de descontrol, pérdida y vértigo se quedan sin fuerza. Salir -de la casa- es exponerse a una vulnerabilidad que nos recuerda lo finitos que somos. En la casa o en aquellos lugares donde nos sentimos seguros está la idea de un tiempo que no transcurre, que está quieto. En la casa está lo que llamamos nuestras cosas una especie de pertenencia que trazamos hacia los objetos como si fuesen una definición de nosotros mismos. Y es en esa pertenencia donde la sensación de seguridad la atamos a la ilusión de que algo de eso pueda devolvernos un poco de previsión, un poco de calma. Tal vez por eso ordenamos lo que sentimos cuando acomodamos el placar, o calmamos nuestras ideas limpiando el piso.
Desde que nací tengo tantas mudanzas que tuve que aprender lo que significa el hogar desde un lugar muy incómodo, y es que mientras algunos lo definen por la pertenencia, a otros nos toca definirlo por el despojo o por la falta. Tal vez nací con una marca de destino, la sin hogar. Así comenzaba a ser contada mi historia por mi madre. Las madres, aquellas que vienen a encarnar con su útero lo que parece que sea nuestra primera casa. Esa primera lengua y voz que nos narra y nos enseña el ovillo desde donde trataremos de escribirnos, de contarnos, algo que en su defecto a través del tiempo, trataremos de destejer.
- Cuando naciste tu papá dejó de pagar el departamento donde me fui a vivir con vos y con tu hermana al separarnos, por esa razón fuimos a vivir a lo de los abuelos.
Esa primera casa, era en realidad, mi segunda casa. La casa de mi papá no era en su defecto mía, la elegida por mi mamá, tampoco. Había una casa donde había sido recibida pero era ante todo una casa prestada. Algo que sentí los primeros años que dormíamos junto a mi mamá, mi hermana y mi tía en una habitación pequeña en un colchón en el piso. Y algo que comenzó a desdibujarse como ajeno cuando pudieron construirnos una habitación que compartimos con mi hermana, con un placar propio, un espacio donde mis cosas tenían lugar.
Casi en mi adolescencia fuimos a la casa de quien sería el marido de mi mamá. Esa casa no se parecía a algo propio. Había sillones de pana rosa, los modernos, los que se veían en las vidrieras céntricas de las mueblerías caras. Al entrar un enorme vajillero de roble enmarcaban las copas de borde dorado y aromatizaba la casa con olor a madera lustrada, un barniz que me recordaba de donde definitivamente no venía. La mesa robusta y las sillas del comedor hacían lo mismo. Vivimos en esa casa cara, carísima -es realmente importante enfatizar esto- unos dos años. Una casa que era nombrada como la casa del marido de tu mamá, buscando recordarme recurrentemente que me comportara porque esa tampoco era mi casa. Y una casa en la que además no volvería a pasar jamás por su puerta. Nunca. Cuando la calle Roca se enuncia en la boca de alguna persona, automáticamente se me cuela un frío por los sesos que elijo no contar, no narrar. No darle la posibilidad de que algo mío habite ahí, ni siquiera los recuerdos, pero ésta sí que es otra historia.
Con los años mi mamá construyó una casa para mi hermana y para mí. Insistía mucho en que ella merecía y quería tener su casa propia, algo para dejarnos. Sin embargo yo crecí con la idea de que tenía que irme de ahí cuanto antes. Esa casa de paredes de salpicré, ásperas, con su pasillo angosto que me raspa los brazos cada vez que un poco distraída y atolondrada rozo apenas los bordes. Tal vez como un recuerdo de aquellos años en donde el aire estaba a punto de explotar, como si en el cupiera una enorme masa de monóxido de carbono capaz de desatar el más trágico de los incendios con una sola palabra. Una casa que sigue viva, como mi mamá, pero que al llegar a ella me recuerda siempre que no es mía. La casa propia es mucho más que un papel firmado que dice que es tuya.
Mamá enfermó, su cuerpo sigue allí en esa casa, en su casa pero su mente no y ella tampoco. Por momentos la encuentro cuando suena Elvis Presley rebotando en las paredes, o las letras de Sandro salen de su boca como si volviera a tener quince años. Cada vez que la visito encuentro una mamá diferente y una casa distinta que se transforma con ella también. Algo similar me ocurre al llegar a la casa de mis abuelos. La casa de mis abuelos, así le seguimos diciendo aunque ya no sea de mis abuelos, y aunque esa definición haya funcionado como un nombre propio de todas las casas que habité: “la casa de…” una forma de nombrar las cosas donde sus cimientos trazan los límites con los otros, la casa que no es tuya. Sus sillones con el tapizado tan feo, su mueble recibidor de copas casi idéntico al que tuvimos en la casa innombrable que también aparece cuasi monolítico al abrir la puerta. Un mueble que habla de robustez para darle a ese hogar el carácter de impenetrabilidad que reflejan sus ventanas bajas, su estructura alargada y angosta, sus pisos fríos. Las casas desnudan el interior de las personas, nunca se trata de un diseño de revista, sino siempre del diseño de nosotros mismos. Nosotros no poseemos las casas, las casas en cierta medida nos poseen. Tal vez por eso la necesidad actual de construir casas para la mirada externa nos hable de una cultura que busca constantemente despojarnos de aquello que en definitiva nos define a nosotros mismos, las paredes que como lienzo en blanco utilizamos para contar nuestra propia historia.
Hace dieciséis años me fui. Me fui de todas las casas de. Me fui también de mi ciudad natal. Me fui a Buenos Aires, lejos y cerca, como quien quiere huir pero no tanto. Una especie de saber que puedo jugar con habitar todos los lugares pero creyendo que hay uno donde siempre volver. Un pensamiento muy equivocado porque si hay algo que aprendí es que los lugares también mudan su piel, los lugares también se van de uno. Volver a La casa de mis abuelos, aunque deshabitada ya no es opción. El barrio cambió tanto que estar ahí no cumple su función, la de sentirme segura. La casa de mi mamá tampoco es un lugar donde llegar aunque quiera recibirme con los brazos abiertos. Es una casa que tiene que habituarse a los ritmos de una persona que necesita para su vida una adaptabilidad extrema, una casa que viva en su cuerpo imprevisible, una casa que funcione como contención de lo incontenible. Su casa también es una casa enferma que olvida, en donde estar ahí te convierte en un extraño y mover las cosas de lugar se transforma en un problema. Una casa que se necesita quieta, aunque las manchas de humedad nos hablen del paso de la vida. En todo caso, los lugares que habitamos también pueden despojarnos y elegir expulsarnos. Paradójicamente cada vez que regreso a casa, lo hago a hoteles que no recuerdan mi nombre y las otras casas tampoco lo recuerdan. Ya no parece haber hogar a donde volver.
Mientras el diccionario define al despojo como basura, cadáver, robo o usurpación, su antónimo es revertir, restituir o conservar. Ninguna de esas palabras parecen explicarnos realmente qué es. El despojo se parece mucho a no tener una casa donde ser contados, donde nuestra historia se narre, es ante todo quedar a la intemperie, romper con los lugares, las cosas y las personas que pudieron nombrarnos. Quedar absolutamente desnudos y vulnerables, vacíos de todo aquello que alguna vez nos habitó y habitamos. La nada, el vacío, la falta. La pérdida de lo conocido, de aquello que podría narrarnos y contar algo de nosotros mismos, la posibilidad de preguntarnos quiénes fuimos cuando nos amaron o quiénes fuimos cuando amamos tiene mucho de preguntarse dónde, desde donde.
Estamos hechos de despojo, nada será más inevitable al final de los días que el olvido de quienes fuimos, la sensación salvaje de que la vida avanza. La vida por encima de la vida. La bravura donde el verde musgo ahoga las paredes de una casa abandonada o el cajón de un cuerpo que yace bajo tierra. Conviene entonces andar livianos, porque incluso a pesar de cuanto resistamos, siempre habrá un tiempo que nos desaparezca.



Alguien escribió que ya nadie sabe ser feliz a costa del despojo. Mientras te leía recordaba eso, que como decis, estamos llenos de olvidos, de cortes y perdidas. Es lo que dentro de otras cosas también nos permite elegir qué sí porque atravesamos esos no. Hermoso escrito. Atraviesa y conmueve.
Bellísima Flor, como cada escrito tuyo, pero en este especial leo mayor intimidad. Como siempre tus escritos te invitan a pensar y eso ... hoy, ya es un montón!! Gracias ❤️🩹